El cónclave es la reunión que celebra el Colegio Cardenalicio de la Iglesia Católica Romana para elegir a un nuevo Obispo de Roma, cargo que lleva aparejados el de Papa (Sumo Pontífice y Pastor Supremo de la Iglesia Católica) y el de Jefe del Estado Vaticano.
El término cónclave procede del latín “cum clavis" ("bajo llave"), por las condiciones de reclusión y máximo aislamiento del mundo exterior en que debe desarrollarse la elección, con el fin de evitar intromisiones de cualquier tipo. Desde hace siglos, los cónclaves tienen lugar en la Capilla Sixtina, dentro del complejo Vaticano. Los cardenales tienen estrictamente prohibido presentar su candidatura o hacer propaganda de sí mismos. Se permite, por otra parte, el intercambio de opiniones y buscar apoyos para terceros.
Tradicionalmente, la elección del nuevo Papa podía realizarse de tres modos: por “aclamación”, por “compromiso” y por “escrutinio”. En caso de aclamación, los cardenales escogían al candidato de forma unánime “como inspirados por el Espíritu Santo”. El “compromiso” era un expediente para salir de situaciones de bloqueo, en las que de forma reiterada se hacía imposible que un candidato alcanzase los votos suficientes. Se escogía entonces una comisión reducida de cardenales que procediese por sí misma a la elección. El “escrutinio” es la forma habitual, por medio de voto secreto.
Una vez conocida la muerte del Papa, el Cardenal Camarlengo es el encargado de verificarla. Tradicionalmente realizaba esta tarea golpeando con suavidad la cabeza
del Papa con un pequeño martillo de plata y pronunciando su nombre de pila –no el papal– tres veces. También se colocaba una vela cerca de la nariz del Pontífice y si la llama no se movía, el Cardenal Camarlengo constataba la muerte del Obispo de Roma. Una vez en la habitación del Papa, el Camarlengo se arrodilla en un cojín violeta, reza unas oraciones por el alma del difunto y, tras acercarse al lecho, descubre el rostro del Pontífice y constata públicamente su muerte declarando: “El Papa realmente ha muerto”.

Inmediatamente después de constatada oficialmente la muerte del Papa, el Secretario de Estado entrega al Camarlengo la matriz del sello de plomo y el Anillo del Pescador –con los cuales son autentificadas las Cartas Apostólicas– para ser destruidos en presencia del Colegio de Cardenales, para evitar que se falsifiquen documentos papales. El Camarlengo es responsable también de sellar el estudio y el dormitorio del Papa. El personal que lo atendía puede seguir habitando en el apartamento papal sólo hasta el momento de su sepultura, momento a partir del cual deberá ser evacuado y sellado en su totalidad hasta que tome posesión de él el nuevo Pontífice.
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